Kaito Dojo
Kaito Dojo

Yasunari Kitaura

Biografía

Yasunari Kitaura, 25 de mayo de 1937)1 (Tokio) es un japonés historiador de arte, destacado experto en el renacimiento europeo, miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando2 y profesor de Aikido 8º Dan otorgado por Aikikai Hombu Dojo, representante Shihan de Aikikai en España a través de la Asociación Cultural de Aikido en España (ACAE) fundada por él mismo.

 “Kimushubi, principio de Aikido” 
 
     El Aikido, creado por Morihei Ueshiba (1883-1969), es, como se conoce hoy universalmente, una de las artes marciales modernas más sobresalientes del Japón, y su fundación es algo posterior a la creación del Judo por Jigoro Kano, mucho más ampliamente conocido y difundido que el Aikido. Jigoro Kano admiró realmente el arte de su colega más joven, Morihei Ueshiba, hasta llegar a decir que “esto es lo que verdaderamente encarna el espíritu del Judo como yo lo concibo”. 
 
     Junto con Judo, pero en otro sentido que éste, Aikido ciertamente encarna la esencia del verdadero Budo (las artes marciales) del Japón. A diferencia de Judo, que incorporando el sistema de competición prevaleciente en los deportes occidentales se convirtió en una de las pruebas olímpicas, Aikido no adopta este sistema, perseverante en aquella forma tradicional de práctica, que lo aventaja, al menos, en los dos puntos siguientes: el poder conservar la pureza formal y, sobre todo, el poder concentrarse en la esencia, el sentido interior, que es nuestro verdadero tema que ante el interés por la victoria a toda costa podría alterarse, marginarse o eliminarse. 
 
     Pero, no es únicamente en su forma de entrenamiento lo que Aikido conserva de la tradición autóctona, ni mucho menos. A medida que se acumulan nuestras experiencias y se enriquece nuestro conocimiento, quedamos cada vez más maravillados por lo profundo que es el enraizamiento del Aikido en la tradición de Budo y de la cultura en general de nuestro país, no sólo en su aspecto formal y técnico, sino también en el teórico-filosófico y la cosmovisión que lo sustenta.  
 
     En el terreno práctico, nos llama la atención, sobre todo, el estrecho paralelismo que existe entre el aikido y la espada. Nos damos cuenta de que lo que fundamenta cada detalle de su sistema técnico y de su modo de desenvolverse no es sino, en lo principal, lo que caracteriza la técnica tradicional de la espada japonesa. Lo cual resulta lógico, en cierto modo, puesto que la técnica del aikido consiste también, en cómo elaborar, con destreza, sensibilidad e inteligencia, la relación que se establece entre el eje que parte de tu propio centro y el otro que parte del centro de tu adversario. Sin embargo, este mismo parentesco intrínseco ¿no deberíamos tomarlo, quizá, como una prueba convincente de que el aikido procede, en su enfoque fundamental, de la mencionada tradición de la espada, a pesar de no llevar armas en su práctica normal? Y además, son más habituales en la práctica del aikido coger la muñeca en lugar de la solapa, y dar un golpe con la mano abierta en vez de cerrada; son unos detalles a primera vista triviales, que revelan sin embargo su afinidad esencial con la práctica de la espada. Pues la mano que sujeta la muñeca del otro actúa exactamente como la mano que empuña la espada, y la mano abierta, como la espada desenvainada. Como ésta, ella se mueve en expansión, no en contracción. Una vez adiestrada sin embargo, la misma mano cerrada actúa como si empuñara una espada desenvainada y puede agarrar la solapa del otro sin que pierda este sentido. Pero, asimilar las características del manejo de la espada no debe excluir, por otro lado, aquella función flexible y viva que le es propia. Un simple acto como abrir y cerrar la mano está, pues, lleno de sentido y matices, que delatan una larga tradición.             A pesar de ello, no obstante, el aikido ha superado admirablemente toda esta tradición al mismo tiempo. Y esto es cierto, más que en ningún otro aspecto, en lo que respecta a su contenido, su espíritu. El aikido no abandona, como su modalidad, la 
forma de combate; es un arte marcial, es una disciplina de budo. Sin embargo, no es, en su esencia, un simple arte marcial, se ha transformado desde dentro en algo nuevo, diferente. ¿Qué quiere decir esto?. 
 
     En Aikido existe un importante aspecto del que carece cualquiera de las artes marciales tradicionales que constituyeron sus fuentes, así como de las modernas, practicadas hoy en el mundo entero (Judo, Kárate, Kendo, etc.): es lo que constituye su principio, aiki, armonizar o, más explícitamente, unificar ki (=energía mental y física). El mismo principio es llamado también -y más técnicamente-kimusubi, que he preferido utilizar en esta charla. En comparación con este último termino, la palabra aiki tiene un significado más amplio y filosófico. Pero, ambos términos son aproximadamente sinónimos. El pensamiento y práctica de resolver el conflicto por medio de unificar ki, y no oponiéndolo, es lo que caracteriza fundamentalmente esta disciplina y la distingue de las demás. En lugar de querer aplastar al rival con una fuerza y técnica superiores, trata de unificar el propio ki con el del otro, estableciendo un vínculo directo entre el propio centro vital, hara, y el del otro y así reducir la inicial dualidad a una unidad— este procedimiento singular llamamos kimusubi, el establecer el nudo o unión de ki. Esto, sin embargo, tiene un contenido y proceso muy concreto, real, y, por lo tanto, no tiene nada en común con una vaga metafísica soñadora con un romanticismo sentimental o, menos aún, con una hechicería. La realización de este principio, su concreto desarrollo constituye precisamente el sistema técnico rigurosamente elaborado de Aikido, que nos fascina por su eficacia, riqueza, elegancia, pureza y coherencia. Consideramos que Aikido pertenece a aquellas pocas actividades humanas que son rigurosamente gobernadas por sus propios principios de proyección universal. Su asimilación aceptable requiere, por supuesto, una práctica asidua y prolongada según el método correcto.  
 
     Kimusubi, establecer la unión de ki, significa que, previendo una fracción de segundo antes del ataque del otro, uno trata de armonizar con él en lugar de oponerse contra él. No luchar, ni contener. Por no contender, no solamente no choca con el otro, ni lo daña, sino, al contrario, dócilmente se le adapta y le sigue. Es decir, en este momento desaparece o muere el propio yo, por decirlo así. Sin embargo, en realidad el sujeto que ejecuta esta acción a primera vista completamente pasiva de obedecer a la intención del otro, no es sino el propio yo (el centro vital), firme y decidido del atacado. De modo que éste, por medio de obedecer con docilidad a la energía dirigida del atacante se convierte en el núcleo dinámico del conjunto. El que domina ahora la situación con absoluto señorío es el atacado. El fenómeno llamado combate, esta especie de vida sumamente activa, gira en torno a él. Pero, su naturaleza se ha transformado; ya no encierra en su entraña aquella pugna hostil. Al contrario, todo emana con serenidad desde el centro. El caos agitado desaparece, y nace un nuevo cosmos armónico. 
 
     Esta inversión de la situación no se produce por primera vez al final del proceso, sino al comienzo del proceso, al instante mismo del contacto entre los dos. En realidad, incluso cabe decir que ella se produce “antes del combate”, anterior a todo proceso combativo que se desencadena en el espacio-tiempo real. Esto es real en el caso, de un auténtico experto. Pero, muchas veces en la mano de un inexperto cae en una fantasía sin fundamento. Por tanto conviene elaborarlo paso a paso en un estudio concreto. Un tipo de ataque hoy poco habitual como apretar la muñeca del otro (antaño tuvo sin duda su mayor sentido práctico cuando los hombres llevaban armas blancas), pero que en Aikido forma parte de uno de los ejercicios básicos, ofrece un medio excelente para este 
motivo. Aquí no podemos entrar en detalle, pero una respuesta correcta a este ataque hace que la fuerza agresora quede completamente integrada en la estructura dinámica del agredido centrada en su hara, el centro vital suyo situado en el abdomen inferior. Mediante ejercicios sumamente simples uno puede experimentar el proceso con palpable claridad. Dentro de la estructura dinámica total o, según la expresión más usada de Aikido, dentro de la corriente global de ki, la parte apretada se convierte en el conducto del ki que fluye: el ki del atacante y el otro del atacado que sale del propio centro. Un principiante comienza por aprender, junto con la respiración regulada, a crear la firmeza en su centro al mismo tiempo que relajarse en el resto (los hombros, codos, etc.) con el fin de no obstruir sino dejar fluir libremente suki, con naturalidad. Aquí se ve con claridad el sutil cambio producido en el carácter del combate. 
 
     Más que en cómo liberarse de una agresión, su interés se centra en cómo recuperar y procurar mantener la unidad de ki, que hay que dejar fluir y expandirse libremente. La mente, la respiración y el movimiento corporal se asimilan y se hacen uno. El centro de atención claramente se desplaza hacia otro lado que el puramente físico y material sin que se desconecte de él. La acción ya no es un mero ejercicio físico, sino psíquico o espiritual ya que requiere una mayor concentración y lucidez mental.  
 
     Sin dejar de ser una actividad intensamente física, la de Aikido adquiere un carácter netamente distinto por ser vista y tratada desde dentro, como un fenómeno energético fluido, como un fenómeno de ki, que, por su naturaleza está más cerca a nuestra mente que nuestro cuerpo y que, por tanto se identifica, en cierto modo, con nuestro ánimo, pensamiento y voluntad, considerados como una fuerza real. Siendo una actividad corporal, Aikido se hace paradójicamente incorpóreo en este sentido. Una preponderancia física que da reducida a segundo término. Un principiante tiene que atravesar una etapa relativamente larga antes de adquirir este sentido de trabajar con ki y no con una fuerza muscular.       En el aikido no tratamos nuestro cuerpo como una determinada masa con un determinado peso —una de las razones de no acogerse en Aikido al sistema de pesos diferenciados adoptado en otros deportes—, sino como un flujo dinámico, como una vida misma en su estado vivo y activo en su espacio, en su ambiente, donde se encuentran también otras vidas activas. Visto así, un combate se presenta como un esfuerzo de organizar su propia vida en medio de otros flujos vitales y dinámicos. El espacio lleno de flujo vital, y el yo que es otro flujo vital, —la relación de combate se reduce, desde el punto de vista del sujeto interesado a este es quema esencial. Por consiguiente, el dualismo, a primera vista irreductible, se reduce a una actividad o vida fundamentalmente autónoma, en la que participan, cada uno a su manera, todos los demás.  
 
     Lo dicho acerca de una cogida de mano, se aplica exactamente también a otros tipos de ataque como por ejemplo, un golpe de espada. El cambio que se produce entre las dos formas de ataque, a primera vista grande, se reduce al mínimo cuando son observados ambos fenómenos como un flujo de ki. Su paso no es discontinuo, sino continuo y gradual. 
 
      La actitud interior que uno debe mantener en una ejecución técnica puede resumirse, de manera telegráfica, como lo siguiente: aceptar positiva y activamente (o captar), unificar y ejecutar por tu hara. Una ejecución técnica que no está anticipada por este acto fundamental de aceptar (pero no con una actitud pasiva, sino, repico, activa) está 
condenada al fracaso. El objeto de los actos aceptar, captar y unificar es, huelga decir, la dinámica (o el ki) del oponente; sin embargo, el del último verbo ejecutar no puede serlo, puesto que una vez cumplido el acto de unificar, la inicial dualidad ya no existe. El hara ejecuta, pues, su acción «autónoma», semejante a una respiración, a través de sus conductos (los brazos, las manos, etc.), perseverando hasta el final en esta unificación lograda, de tal manera que aquella oposición o dualidad no reaparezca más. El proceso de cada ejecución técnica debe ser necesario, sencillo, conciso, continuo, coherente y evolutivo; es decir, debe evitarse cualquier redundancia, retroceso, ruptura u otros movimientos o detenciones carentes de sentido. 
En el aikido existen, además de otros menos típicos, dos movimientos contrastantes y, al mismo tiempo, complementarios: irimi y tenkan. El primero se refiere a aquella acción «positiva» que penetra en el corazón mismo de la dinámica oponente sin alterar su inicial orientación propia; el último es aquella «negativa» que, al contrario del primero, altera completamente la propia orientación inicial con el fin de adaptarse de la manera más dócil al impulso oponente. Estos dos movimientos contrastantes tienen, sin embargo, una base común: kimusubi. Si en el primer movimiento faltase este principio esencial resultaría un simple choque frontal, y la técnica fracasaría crasamente; de igual manera, la falta del principio en el último supondría un descontrol de la situación, y será arrastrado fácilmente por el otro. No obstante esta comunidad básica, el significado o, al menos, el énfasis de kimusubi puesto en cada caso no es lo mismo. En el primer caso el significado concreto de kimusubi se centraría, lógicamente, en cómo lograr la unión de ki necesaria en esta confrontación radical, en tanto que en el último, el problema sería cómo integrar la corriente dinámica del otro en lugar de ser absorbido por ella. 
Pese a esta diferencia no pequeña, ambos problemas se reducen, vuelvo a insistir, a la única e idéntica cuestión de cómo establecer kimusubi con el núcleo dinámico del atacante, en otras palabras, en cómo convertir dos corrientes duales en una sola corriente que se expande del único núcleo dinámico, que es tu propio hara. En este sentido, el movimiento tenkan, que parece a primera vista completamente pasivo y «negativo», es, en el fondo, tan «positivo» como el otro, irimi, y éste resulta, en realidad, tan «negativo» —es decir, receptivo— como el otro. Ambos forman con frecuencia una unidad de movimientos inseparable (irimi-tenkan). 
     En ambos casos lo determinante es la capacidad absorbente e integradora, o sea, la capacidad de establecer con firmeza el kimusubi, del hara. Por esta razón Morihei Ueshiba solía decir que los ejercicios del aikido consisten, fundamentalmente, en lo que él mismo denominaba inryoku-no-yosei, el cultivo de la fuerza de atracción. Se necesita, según el caso, esta «fuerza de atracción» (inryoku) suficientemente potente para que cualquier elemento suelto del contrincante (la mano o el pie libre en disposición al siguiente ataque, etc.) quede completamente inutilizado por estar sujeto a su propia corriente dinámica principal, absorbida y dominada. 
La paradoja consiste, sin embargo, en que para absorber con seguridad la corriente de ki del oponente es necesario muchas veces que tu hara «penetre» —más como una acción mental que corporal, pero en ningún modo ficticia o irreal— primero en ella, en su núcleo, y se convierta en su eje rector. Pues, para captarla globalmente desde fuera es preciso, al mismo tiempo, captar desde dentro, desde su médula. El tener que penetrar y residir en el objeto mismo para convertirse en su eje o núcleo antes de absorberlo, es decir, con respecto al mismo objeto tener que ser un diminuto punto penetrante que constituya su núcleo y ser su poderoso y ancho receptáculo al mismo tiempo —ésta es 
la. gran paradoja que revela el carácter irracional (pero, en ninguna manera irreal) de lo que llamamos hara unas veces y kikaitanden, el mar-depósito de ki, otras. Y la misma paradoja descubre igualmente la compleja estructura de lo que llamamos kimusubi. 
     Otra cara de la misma paradoja, sin duda más desconcertante, es el hechc de que, como ocurre lo mismo con la mente, el hara tiene una profundidad sin límite; pues, sin que abandone, desde el punto de vista vivencia!, su locus situado en el «abdomen inferior» su paraje no se encuentra, en realidad, en ningún lugar dentro del recinto construido de carne y hueso. Las coordenadas particulares que establece el hara están ancladas en otras mayores e infinitamente más objetivas: las coordenadas del Universo. De modo que aquél se identifica con el centro de este último. En este sentido. el hara, siendo el núcleo de tu personalidad, que es algo profundamente personal y privativo, se hace, al mismo tiempo, algo impersonal y ecuménico y se convierte, por así decirlo en una «ventana» abierta para el paica je universal e infinito. Quisiera interpretar en estos términos la conocida expresión de Morihei Ueshiba: «Tengo alojado al Universo en mi hara.» La frase no es, en modo alguno, signo de un egocentrismo hiperbólico, sino todo lo contrario. Su ansia de encontrar un anclaje de su hara cada vez más sólido y estable tropezó, después de un largo peregrinaje, con el propio Universo, que se transparentaba detrás del hara convertido a su vez en un gigantesco santuario. 
     En modo alguno pretendo alejarme del tema central de kimusubi, ni hacer un excursus ocioso por el mundo metafísico del Maestro. No son problemas metafísicos, sino, en sentido estricto, prácticos. Pues, cómo establecer un correcto kimusubi con el adversario y cómo instalarse debidamente en el suelo y espacio (o, si se quiere, en el «Universo») son dos problema inseparables. Morihei Ueshiba encaminó, sin lugar a dudas, todos sus esfuerzos con los ejercicios solitarios de espada, lanza o jo (bastón), tanto al cultivo de sus coordenadas particulares como a la búsqueda de las univer sales, de cuyo éxito dependía el resultado del primero; pero, viceversa, éste constituía la prueba más fiable de la validez de la última.  
     Aunque no entramos ahora en detalles, para elaborar ambos movimientos de irimi y tenkan es preciso amaestrar la postura llamada hanmi (hitoemi o la del triángulo «invertido»: un pie se adelanta y, lo mismo que el eje horizontal que parte del hara, se dirige directamente al adversario y el otro posterior se abre de tal manera que ambos forman una especie de triángulo afilado o una cuña en cuyo centro descansa el eje vertical (cervicodorsal) del cuerpo. El peso corporal se apoya en la parte delantera de ambos pie sobre todo en el momento de arranque. Tanto irimi como tenkan son únicamente realizables según desplazamientos basados en esta postura singular. Esta postura, a primera vista tan frágil ante un barrido del judo, por ejemplo, es extraordinariamente móvil y funcional cuando es correctamente construida y ejercitada; pues, es la única postura que te permite «absorber», o penetrar en, una energía punzante —una puñalada, un golpe o una estocada (tsuki) de espada o lanza, etc—. dirigida hacia tí sin huir de ella ni ser atravesado por ella. Tanto al adelantarse como al retirarse cada paso se realiza con un riguroso sentido de kimusubi, manteniéndose tu hara siempre vigoroso y firme. 
     Como cualquier viva acción corporal la debida construcción de hanmi requiere una dedicación seria e intensa; pues no basta evidentemente poder componer esta postura de manera estática. Es una postura eminentemente dinámica y «abierta», o sea, dispuesta y disponible a cualquier ataque realizado desde cualquier dirección. Está ideada en principio contra ataques múltiples y simultáneos. 
     En el aikido se emplea constantemente otro par de conceptos contrastantes: omote y ura, anverso y reverso. El primero se refiere a aquel movimiento que se despliega hacia el frente del adversario, mientras el otro es hacia la dirección opuesta, es decir, hacia su espalda. Esta pareja de conceptos tienen ciertamente una relación estrecha e incluso a veces indistinguibles con los ya mencionados de irimi y ten kan, pero no deben ser considerados como idénticos. Un gran número de técnicas, sobre todo, las más básicas, suelen ser ejercitadas según ambas modalidades de omote y ura.   
      En el aikido cobran una esencial importancia el sentido de maai, ajuste espacial, y otro de kokyu, «respiración», o articulación rítmica de ki. El núcleo vital y dinámico del sujeto «respira» mal cuando falta este sentido de maai; y empieza a «respirar» cada vez con mayor libertad a medida que asimila mejor otras corrientes vitales adquiriendo el justo sentido de espacio. Existe, pues, en cada situación diferente un apropiado inaai, por el que cada técnica cobra su sentido y eficacia con plenitud. Y éste es justamente el maai que se debe adoptar en ese momento. A pesar de lo dicho, no obstante, támbién es cierto que en el fondo los problemas de maai son los de hara, el núcleo vital, de cada uno. Es decir, no es el sentido de maai el que determina el estado del hara, sino más bien es este ultimo el que dispone y ordena el primero. Un correcto maai es aquél en que tu hara establece su kimusubi preciso con pleno sentido de «respiración» frente una determinada acción o actitud de tu contrincante, y es algo que podemos elaborar con rigor y exactitud. 
Una acción del aikido cobra a menudo el rasgo y la naturaleza de un respirar profundo; tanto es así que numerosas técnicas de lanzamiento se llaman kokyu-nague, proyección respiratoria, si bien el ritmo de cada una de ellas no tiene necesariamente que ver con el ritmo de la respiración real (es decir, pulmonar) del momento, que según el caso incluso puede estar detenida. En éstas la integración dinámica llega a tal grado de pureza que el último resto de dualidad desaparece e incluso se da la sensación de que ahora es el propio espacio quien «respira». En kokyu-nague, junto con aquella fuerza «respiratoria», kokyu-ryoku, se requiere, pues, otro sentido, mucho más sutil, de kokyu, que es poder captar y dirigir el impulso agresor en el momento más propicio —o sea, en el mismo instante en el que el otro inicia su ataque— de manera rotunda; es decir, mediante una sutil articulación rítmica de ki absorber y proyectar, a menudo sin acudir casi a ningún esfuerzo físico, la corriente de ki atacante. 
Este aspecto de kokyu, que puede confundirse en cierto modo con una habilidad que solemos llamar «maña», «tino», «don» o «secreto», puede ser, sin embargo, el objeto de estudios serios y metódicos. En realidad, kokyu no es una habilidad, sino una comunicación; es una respiración. Es una comunicación de ki; pertenece claramente al asunto de kimusubi. Es, pues, tu seguro sentido de kimusubi lo que te permite actuar con este pleno sentido de «respiración». El hara «aspira» y «espira» la corriente de ki del contrincante siguiendo y guiando su crecimiento y desarrollo. Aquel sentido de concisión, coherencia y continuidad en el proceso técnico puede resumirse diciendo: «absorber y ejecutar en ikkokyu (una sola respiración)». 
Además, el kimusubi que se establece en el primer encuentro antes de ponerse en marcha un movimiento cualquiera, una acción cualquiera ; es decir, el kimusubi en el momento de estar frente a frente con el adversario que no manifiesta todavía ningún movimiento detectable; o el kimusubi que se establece en el mismo instante cuando aparece por vez primera un leve síntoma de una acción real en el contrincante — todo ello puede considerarse también como problemas de kokyu. Probablemente son los 
aspectos más delicados y sutiles del asunto desde el punto de vista psicológico. Una lenta y serena «respiración» de tu hara acompañada de una profunda concentración — en el sentido de despejarse o «vaciarse»—, te permite percibir la comunicación del ki del otro. Por otro lado, la atención que uno debe mantener después de terminar una acción o técnica, que solemos llamar zanshin, pertenece, en su esencia, a los mismos problemas de kokyu y kimusubi. Pues, se trata de una plena expansión mental que llena el vacío que se abre inmediatamente después de concluir una ejecución técnica; una pausa muy breve, más que vigilante, diríase, saturada vital y espiritualmente, después de una acción concluyente. En breve, se trata del no-abandono de kimusubi, y de la plenitud perseverada de kokyu. Sin embargo, esta actitud interior debe manifestarse mediante un gesto o comportamiento sobrio y natural, exento de cualquier signo artificial o patético. Lo que cuenta es la gran madurez de tu acción y comportamiento que delata con suma naturalidad, como algo familiar y normal, tu profunda experiencia y completo dominio de cada situación, a la vez que la nobleza de tu espíritu que huye de la vulgaridad. 
Si bien estos dos aspectos de kimusubi o kokyu, al inicio y al término de una acción o ejecución técnica, suelen ser fácilmente descuidados en la práctica cotidiana del aikido, es necesario, al menos, tener en cuenta su importancia para que ésta no caiga en mera rutina. 
Como acabamos de ver, si una acción llamada combate está gobernada desde el principio hasta el fin y en cada instante de todo su proceso por el principio llamado kimusubi, unión de ki, se comprende con facilidad que ya no es la superioridad física o técnica lo que realmente cuenta aquí, entendiendo por «técnica» su sentido usual, o sea, una habilidad mecánica. Par afrontar una puñalada, por ejemplo, nuestro problema real no consiste tanto en elaborar una destreza técnica para evitarla —en este caso nunca se establece la unión de ki— como en lograr establecer el kimusubi con este flujo energético. Es una cuestión de percepción y entendimiento a la vez que de captación y comunicación en un nivel más profundo que en los planos meramente físico, psicológico o intelectual. Es una captación radical. Y el cuerpo bien entrenado responde de forma natural y espontánea a esta captación. Como hemos visto, la atención de un practicante del aikido se dirige, más que hacia fuera, hacia dentro de sí mismo. Pero, con el fin de evitar un malentendido conviene insistir en que él no ignora en modo alguno la seriedad de su situación real de estar frente a un enemigo que le ataca. Pero, lo capta desde dentro, desde su núcleo, su raíz, lo capta radicalmente. Su captación es esencial, no meramente física o superficial. Y, por otra parte, para realizar esta captación esencial y radical, él mismo tiene que partir de su propia raíz, de su profundidad. Tiene que actuar de forma esencial y radical, de tal manera que antes debe sumergirse en sí mismo hasta llegar a su estrato más profundo y encontrar allí su último reducto inherente para poder desarrollar esta acción contundente. Una captación radical es únicamente realizable desde este centro. En realidad, al descender hasta aquí, no sólo encuentra su propia fuente de acción, sino también la del otro. Ambas se encuentran aquí unidas. Un mínimo síntoma de cambio en la acción del contrincante se detecta, por tanto, con transparencia e inmediatez. Y esto no es sino el sentido de kimusubi. Una de las actividades más sangrientas y, por tanto, más reales en el sentido físico y vital como un combate —no nos referimos a una competición deportiva con sus reglamentos sino a un duelo— se interioriza profundamente de esta manera. Sin embargo, la interiorización se distingue fundamentalmente de una meditación o una 
oración o un pensamiento filosófico por permanecer en medio de una acción violenta llamada combate. Pertenece, pues, francamente más a la vida activa que a la contemplativa. Comprendemos, sin embargo, al mismo tiempo, que esta acción misma se ha convertido en una especie de meditación, en algo que nos cuesta distinguir de ella. Y de esta manera el combate se ha superado paradójicamente a sí mismo. El budo ha dejado de ser un acto salvaje y destructor, y se ha hecho creativo y espiritual. Morihei Ueshiba llamó a este budo creativo Takemusuaiki. La vida activa se ha hecho a la vez contemplativa. Una vez comprendida esta actitud básica que constituye el principio del aikido, se comprende al mismo tiempo que ella ya no se restringe a una relación de, contienda entre un individuo y otro o entre uno y varios. Trasciende a este nivel en cierto modo trivial, y alcanza una dimensión más importante y general. Pues, lo que es válido en un combate individual lo es también en una relación establecida entre un individuo y el conjunto de su mundo circundante, esto es, la Naturaleza, el Universo. Respecto a esto, Morihei Ueshiba nos dejó un bello poema 
 
                     Estando yo entre Cielo y Tierra                   

                    Al establecer kimusubi con Ellos                           

                         El estado de mi corazón                                                                                                                                                            Es como seguir el camino del eco. 

 

    Instalado en el seno de la Naturaleza, ¡con qué seguridad y delicadeza establece el maestro su comunión=respiración con ella y así se integra en ella! El eje vertical que atraviesa —o sea, el ki que corre por— su espina dorsal se conecta a la vez con el Cielo y la Tierra que se corresponden; ambos se encuentran unidos en su corazón=centro y se expanden de nuevo desde aquí. La voz o el latido de la Naturaleza es escuchada y seguida con suma sensibilidad y fidelidad según su «camino del eco». Esta perfecta integración o instalación en la Naturaleza es la que le hace grande. Pues, todos los que le hemos conocido hemos admirado siempre su majestuosa figura, su presencia a la vez etérea e increíblemente monumental, pese a su relativamente corta estatura. El poema revela también su secreto: la llamada del adversario sólo recibe su propio eco, que no es, sin embargo, un simple rebote; sino el fruto de aquella llamada atentamente escuchada y profundamente asimilada, si bien gracias a su completo dominio, sin esfuerzo aparente, ni intencionalidad manifiesta. 
Pero, el poema parece decir algo más. Su «camino del eco» no solamente responde a la llamada de su adversario, sino, ante todo, obedece a la del Cielo y la Tierra. Por lo tanto, cualquier acción del contrincante se reduce a un «segundo» eco; pues se desvanece ante la resonancia de su potente ki, que surca su propio «camino del eco». Es decir, la voluntad del atacante se somete ineludiblemente a este «camino del eco» como a la ley de la Naturaleza. Visto desde esta perspectiva, el poema cobra otro dinamismo, pues es un perpetuo retorno al estado de génesis, de creación. 
El mundo creado por el citado poema, sosegado y apacible, evoca así, al mismo tiempo, otra visión contrastante, viva y activa, del dios-dragón, nacido de la unión entre el fuego y el agua, que sube al cielo en medio de tormentas y relámpagos, siguiendo el camino que trazan en cada instante estos últimos, que no son otra cosa que los «ecos» producidos por sus propios ritmos vitales. El dragón es, como es sabido, el símbolo 
ancestral de la vida cósmica del Universo con sus elementos activados, y está estrechamente asociado con el mundo de Morihei Ueshiba. 
     Aquella misma actitud requerida en un combate define igualmente la vida de un hombre ante y en su mundo. El problema es, pues, esencialmente del hombre que se encuentra en su mundo. No la esclavitud o perdición, sino la libertad y plenitud del hombre, por un lado, y su situación armónica en su circunstancia, por otro; éstas son dos premisas que a menudo se contradicen y nos plantean problemas de difícil solución. Pero, la libertad y plenitud del hombre es únicamente posible cuando su situación en su circunstancia sea armónica; o sea, la última premisa es la premisa de la primera. Y el desarrollo saludable de la circunstancia o del ámbito humano y natural es la premisa de todo lo demás. En definitiva, el proteger y alentar la vida en su ambiente idóneo, en sentido amplio y elevado al mismo tiempo, es lo que se puede considerar la tarea del hombre más necesaria y urgente en este momento. Y esta tarea es justamente la que consideró suya también el creador de Aikido Morihei Ueshiba. 
 
Pero, desde el punto de vista filosófico o epistemológico, Aikido nos ofrece una sugerencia sumamente interesante para resolver un problema serio y difícil: llenar el abismo y realizar una unificación entre el sujeto y el objeto o entre el yo y el mundo exterior sin acudir a recursos falsos como una “proyección subjetiva”. Es un intento atrevido, a primera vista irrealizable, de encontrar una unidad íntima y radical entre el yo y el otro, reconociendo y respetando clara y rigurosamente su objetividad. ¡Y Aikido lo consigue con una ingenuidad y sencillez asombrosas!